¿Hay particularidades masculinas en cuanto a salud mental? Veinte años de ver pacientes y estudiar sobre los hombres (además de terapia personal) me han enseñado cosas sobre la masculinidad. Les comparto algunas reflexiones.

Para no llorar

Durante estos años pocas cosas son tan dolorosas para mí en consulta como ver los ojos aguados de un hombre que muestra los dientes, me mira fijo y entierra las uñas en el sofá para no llorar. En general el llanto y muchas otras expresiones emocionales están prohibidas para nosotros y, al momento de tocar temas particulares muchos pacientes no solo deben lidiar con las emociones que les generan dichos temas sino con la vergüenza de expresarlas.

Yo veo muchos hombres en consulta, de todas las edades y orientaciones sexuales, con y sin hijos, con y sin padres, con y sin parejas. He visto niños, adolescentes, adultos jóvenes, medios y de tercera edad. Muchas historias por semana durante dos décadas y debo decir que hay varias cosas en común entre tanta diferencia.

Crecer hombre en esta cultura lo coloca a uno en una posición particular, de privilegio en algunas áreas, pero también de mucho silencio y confusión emocional. Y es que el proceso de entender, aceptar y gestionar las propias emociones es algo que se aprende y se enseña y que depende, como otros procesos de enseñanza-aprendizaje, del vínculo entre quien imparte la lección y quien aprende la habilidad en cuestión.

Vínculos sanos que permitan expresar y entender las propias emociones son fundamentales para la salud mental.

Un vínculo diferente

Algunos de nosotros podemos admitir lo que sentimos porque tuvimos la suerte de tener al menos una figura parental que hizo un buen trabajo (en mi caso mamá) y porque hemos tenido acceso a buenos terapeutas. Pero no es así para todos los hombres. El mundo del varón es muy violento, hay mucho miedo y mandatos inconscientes que casi nadie reconoce. Vale aclarar que no digo esto para victimizarnos… ahora que lo pienso, eso también está prohibido. Digo todo esto para reconocer una realidad: la habilidad de entender y gestionar sus emociones depende, en el hombre, del tipo de vínculos que le hayamos proporcionado a lo largo de la vida.

Cuando un hombre va a terapia (sin importar la razón) y llega ese momento en que siente el impulso de expresar una emoción distinta a la rabia (ésta tiene un permiso especial en el universo masculino) se activan en su mente algunos mecanismos de protección que se basan en sus experiencias anteriores, usualmente llenas de castigo o rechazo al momento de expresar estas emociones.

Es algo que ni siquiera hablamos entre nosotros, para la mayoría de los hombres hablarlo tampoco está permitido, no de esta forma. Es mejor «tomarse unas pintas» o «ver el juego de fútbol» que decirle a un amigo «¿Sabes? tengo miedo, a veces me siento solo y no sé qué hacer ¿te ha pasado?”. Así que imaginarán lo difícil que es para muchos hombres entrar en la oficina del psicólogo para hablar de algo que no solo desconocen sino que requiere un lenguaje que nunca les han enseñado.

Para muchos la consulta del terapeuta es confusa, el terapeuta no reacciona como otras personas en el pasado del paciente, no hay burla frente a la expresión emocional, no hay censura, no hay represión. ¿Cómo se reacciona frente a un oponente así? ¿Contra qué activas el mecanismo de protección si no hay ataque del cual defenderse? ¿Por qué el terapeuta no agrede? ¡Tamaño de confusión!

El truco está en darse cuenta que el terapeuta no es un oponente y que lo vemos así porque nos cuesta creer que alguien no haga un juicio al vernos llorar. El terapeuta es, en todo caso, alguien que conoce el lenguaje emocional que el paciente necesita aprender y practicar para entender(se) y saber lo que siente.

Sin un vínculo que permita la expresión emocional muchos hombres desarrollan síntomas como depresión, ansiedad, conductas de riesgo o abuso de sustancias.

La identidad

Muchos hombres son sobrevivientes de maltrato y abuso aunque no se les catalogue así. Golpes o  humillaciones, a veces de los padres, compañeros, parejas o colegas plagan las experiencias masculinas y se espera que sean toleradas con estoicismo o devueltas con agresión. Nadie se salva de los efectos de esta cultura y varios hombres trabajamos a diario para superar esa castración emocional en nosotros mismos y en otros.

Parte del maltrato es el ataque a la identidad cuando hay una expresión emocional. Al llorar es usual que un niño reciba comentarios como «no llores, sé hombrecito» y otros que poco a poco le dejan claro que sentir y expresarlo es ser menos hombre. De esta forma, en culturas como la nuestra, sentir levanta todo un cuestionamiento a la propia identidad. Y no, no es así para todos, varios nos movemos en distintos niveles de manejo emocional (otra vez, por alguna figura positiva en nuestra historia o por buenos terapeutas en la adultez), pero es algo a observar.

La buena noticia es que, al no ser así para todos, podemos asegurar que ese analfabetismo emocional no es intrínseco a la masculinidad. Estas cosas se pueden aprender, igual que las mujeres lo aprenden porque se les permite y se les invita desde siempre a sentir, a diferencia de nosotros.

 

Conclusiones

Muchos hombres tienen problemas para entender las emociones propias y de otras personas, para entender a otras personas y empatizar es importante saber qué siente uno, de dónde sale y cómo se conecta con otras áreas de la vida.

Nadie nace con esa capacidad de gestión emocional, nadie nace sabiendo qué siente o cómo volver a un estado de tranquilidad y regulación luego de una experiencia emocional intensa. Estas cosas se enseñan y se aprenden en la crianza y/o en terapia.

La terapia para los hombres requiere tratar la vergüenza que acompaña a la expresión emocional. Para muchos, expresar algo distinto a la rabia afecta su identidad y determina si se ven a sí mismos como hombres o no.

La psicoterapia ayuda mucho al desarrollo de estas habilidades y, con ellas, al mejoramiento de las relaciones y la salud mental y emocional de los hombres.

 

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Que estés muy bien.

Dr. Alvaro

Álvaro Gómez Prado

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